El amor dura 10 días…. (horas más, horas menos, dependiendo del cambio de horario). Lo repites en voz alta para que no duela. Tres veces. En el taxi suena su canción favorita de José José. Miras las calles vacías. Los postes de luz te persiguen. Son las cuatro de la mañana y no dormiste. Buscas en el bolsillo tu pasaporte. En otro el ticket aéreo. En el saco los últimos billetes de moneda extranjera que te queda (guardas uno para esa colección absurda que tienes). Te preguntas por qué ya no se lleva la foto carnet de la amada en la billetera. El taxi llega al aeropuerto. Sonríes al recordar los chistes que hiciste al llegar. Haces el check-in, buscas la sala de embarque. Te mueres de sueño. Bostezas. No sabes si volverás (ella sabe que no). La historia se repite. Claro, pero en otro idioma. (¿Sabes? tu mala suerte ya no me conmueve). El amor dura 10 días. Lo repites más veces. (El amor dura 11 días, 12, o quizás más…Putamare).
La historia de nuestro queridísimo Perú, tierra de campeones (sic), no sería la misma si en su momento hubiesen aparecido los siguientes objetos y pertenencias –tan e inclusive más valiosos que sus propios dueños. Esta no es una historia de las ideas, ni de los hombres ni mujeres que construyeron nuestro país, sino más bien de aquellos bienes perdidos que han generado tal path dependence que Usted estimado compatriota aún se pregunta “¿En qué momento se jodió el Perú?” con la misma naturalidad con la que se mira al espejo todos los días. He aquí un listado que no trata de ser exhaustivo, pero sí excluyente de nuestra peruanidad. ¿Dónde está….
Escuché a alguien decir mi nombre, pero era como un susurro al oído. Me pregunté quién me llama así en este lugar. Volteé y estabas vos. Y yo que te imaginaba en Perú. (¿Quiénes eran las personas con las que estabas en esa mesa?) Me emocionó eso que dijiste, que yo era como una aparición. Y había pasado como un año sin vernos, sin intercambiar correos, ni mensajes (Sólo una nota en tu wall de Facebook por tu cumpleaños). Doce meses sin saber nada de vos, peruano. (¿Aún tenés el tapete rojo?) Tanto tiempo en silencio. Sabes, siempre me gustó cómo me mirabas, cómo me hacías sentir deseada. Me gustaba cómo nos comunicábamos sin hablar. Y ahora, un año después me besas, me tomas de la mano (me desespera tocarte), me coges de la cintura, como si fuera tan cotidiano…Qué día raro hoy, y vos te tomaste todo con mucha naturalidad.
Desde hace cuatro años me siento en la misma mesa de la biblioteca. Desde ahí he visto a mucha gente pasar. Cada año al inicio de clases, los pasillos se llenan de caras conocidas y de otras por conocer. Aquel segundo año, me tomaste por sorpresa. Apareciste con tu sonrisa luminosa capaz de derretir la nieve nuestra de todos los días, capaz de sumir en optimismo la vida sin tiempo de grad school. Aquellos eran los tiempos de la teoría de juegos y de las estadísticas categóricas, eran los días de las lecturas trasnochadas para los comprehensive exams…eran los momentos en que nos refugiábamos en una rutina prestada de la fortuna, que compartimos a medias y en secreto.
Hoy estoy sentado nuevamente en esa mesa y miro alrededor en un vano intento de encontrarte, aunque sé que estas a miles de kilómetros de distancia. Camino hacia donde solías trabajar juiciosa esperando el milagro de una aparición, la que solo es posible en mis fantasías perdidas. Hoy es la primera vez que te recuerdo con una tristeza profunda de esas que nunca tendrán consuelo. Hoy “ha terminado otro capítulo en mi vida…”
Sentado en una cafetería del campus, repasaba los apuntes antes de dar la última clase del semestre: ¿qué tipo de vínculos entre candidatos y electores prevalecen en los sistemas políticos latinoamericanos? ¿Programáticos o clientelares? Los primeros se basan en ideologías, en grandes plataformas políticas, con el que buscan atraer a los votantes pacientes, quienes encontrarán la recompensa en el largo plazo, cuando la promesa programática se convierta en políticas efectivas. Los segundos se basan en beneficios directos, inmediatos, y suponen un intercambio de las fidelidades electorales por un bien material o la promesa del mismo.
A riesgo de resultar un nerd politológico, creo que a veces las relaciones sentimentales en las que terminamos envueltos se parecen a este tipo de disyuntivas. Hay relaciones de “vínculo programático”, en las que el “político” busca convencer al “elector” a través de una propuesta ideológica, comprehensiva, integral; la cual implica un compromiso a largo plazo. El “elector” podrá ejercer su rol de accountability (a-já) cuando las políticas efectivas de su representante respondan a su posición en el espectro ideológico. Pero no olvidemos que este tipo de vínculo supone una estructura organizada, un sistema de partidos estables, con organizaciones afiatadas, maduras, “plantadas”, con capacidad para la propuesta.
Las canciones de cuna que me cantaron eran carnavales cajamarquinos. La voz que arrulló mi infancia fue un viejo tocadiscos desde donde se le escuchaba a un cajacho preguntar por la “china Carolina”. La mesa familiar nunca estuvo tan orgullosa que aquellas veces en las que el Indio Mayta visitaba la casa y se ponía a recordar con mi padre las historias de la “sucursal del cielo”, ese modo tan idílico con el que se referían a Cajamarca. Hoy, el Indio dejó de acompañarnos.
Las canciones del Indio son las canciones de mi viejo, son las canciones de tantos cajamarquinos, de tantos provincianos que llegaron a Lima “de poncho y sombrerito” en busca de “esas locas ilusiones”. Son historias del migrante de medio siglo, de la nostalgia provinciana de nuestros abuelos y nuestros padres, de los que llenaron la capital de clubes provinciales, de restaurantes de comida típica, de cuyes fritos en La Matarina… pero también, y sobre todo, de trabajo, pundonor y de la alegría irreverente ante el desafío de la capital. Son las canciones de una generación que se está despidiendo.
Miguel Ángel, paisita, descansa, pero síguenos cantando desde el cielo que hoy es más cajamarquino que nunca…Ushaaaaa…

Luego de perder la clasificación al Mundial de Francia en 1998 (la caja de chelas se quedó intacta luego de la goleada que nos metió Chile), un amigo me dijo: “Causita, yo creo que vamos a ir al Mundial sólo cuando tengamos un jugador en la Liga Italiana”. El día llegó y no sólo tenemos a un compatriota en Il Calcio sino que además es estrella. Sin embargo, un jugador en una liga competitiva no hace la diferencia (más allá de los tres cuartos de golazo que se metió contra Argentina en el José Díaz). Otros suponen que necesitamos un técnico de jerarquía, si es internacional mejor, si es ganador sería estupendo; confiando en que la mano del entrenador podrá fungir de varita mágica y convertir once individualidades en un equipo (soñar es gratis: ver foto). Pero también están los que propugnan un cambio profundo que tiene que ver desde los dirigentes hasta una re-ingeniería del deporte en su totalidad. No iremos al Mundial, sostienen, si no existe una voluntad política desde las altas esferas.
Pero hasta en este tipo de debates me sale el politólogo que llevo adentro. Si se dan cuenta, las dos primeras explicaciones ponen el énfasis en la “agencia”: son individualidades, ya sean jugadores o técnicos, lo que se necesita para armar un equipo competitivo que pueda cumplirnos el sueño de volver al Mundial. En el otro caso, se apela a factores “estructurales” (aunque institucionales para ser más precisos), como los determinantes del éxito futbolístico. En esta línea, aunque debilitados por las evidencias, todavía se escuchan, por ejemplo, voces que dicen que un país con los estándares de desarrollo socio económico no podrían llegar con éxito a las etapas decisivas de un torneo mundial (Sí, cuñao, y Brasil?).
¿Es la ciencia política una fuente de razonamientos útiles para explicar el éxito de un deporte como el fútbol? ¿O es un acto demencial poner a prueba marcos teóricos que explican el comportamiento político o el desarrollo institucional de los países para analizar las posibilidades de triunfo de las selecciones de fútbol? No cabe duda que estamos locos por el fútbol, y es lo que toca en este mes.
Pd. El mejor calendario interactivo lo tiene acá. Servidos.
Quisiera reconstruir el instante exacto en que me hice hincha de la U. Estoy convencido que se debe a esa reacción instintiva de un niño y su afinidad con esa actitud de luchar hasta el último segundo, inclusive más allá de sus capacidades. La famosa garra es precisamente ese desafío a la impotencia, a la adversidad. Es la resistencia y el aguante como una forma de vida.
Me volví hincha de la U en algún momento entre la pichanga con arcos de piedra en la pista de mi barrio y los partidos transmitidos por televisión. Me volví hincha de la U siguiendo los partidos por radio, leyendo una y otra vez los titulares en el kiosko de periódicos mientras en casa esperaban la bolsa de pan para el desayuno. Me volví hincha de la U cuando comencé a ir al estadio, cuando subí las graderías de madera del viejo Lolo, cuando ví por primera vez en directo esa hermosa combinación del crema y el verde de la cancha.
Me volví más hincha de la U tanto en un partido contra el San Agustín como en un clásico, siguiendo desde un pueblo de Indiana una transmisión por internet desde Huacho contra el Total Chalaco, como anoche desde el Morumbí con Sao Paulo. Me vuelvo más hincha de la U cuando termina un partido.
No hay razón intelectual alguna para comprender la pasión de seguir y querer a un equipo de fútbol. Por eso me da vergüenza ajena los que quieren imponer la lógica, la razón, la sensibilidad políticamente correcta a la adscripción a una camiseta. Hace un tiempo leí la siguiente entrevista y me dio pena: “Quisiera desterrar totalmente el racismo y cualquier forma de marginación y exclusión social en el país. Por eso soy también del Alianza Lima” (Francisco Miro-Quesada, Quehacer 173, pg.14, enero del 2009).
Por eso, pensé, hay tanto científico social y dizque intelectual hincha de Alianza, porque le quieren meter cabeza a algo que se explica con la pasión. Por eso hay tanto caviar hincha de Alianza porque le quieren meter “affirmative action” a su vida llena de culpas de clase. Porque el hincha nace en la calle y no en un colegio alternativo. Porque por más académico que soy, no le meto sociología a mi pasión. Porque el hincha se forja en una identidad primaria y no en “querer ser popular” o en una reflexión leyendo Norbert Elías. Porque tú hincha impostado, por más que comas anticuchos en plato en La Victoria o vayas en taxi a Matute siempre me mirarás con envidia, algo que los cremas no conocemos.
La ola verde de Mockus, cuán tsunami que se expande por el Pacífico, ha llegado a nuestras 200 millas-no-pasarán. Los líderes de opinión se emocionan, la reserva moral del país se excita, la muchachada casi casi toma las calles (ah, me olvidaba, ahora hay Facebook y Twitter). Colombia ahora es Suiza y Mockus la venganza del nerd matemático hecho realidad cual cómic (Obama fuistesss). Las columnas de opinión y la blogósfera naive lo aclaman, pero a la vez se lamentan (se cambian 20 cholos apristas por un Mockus). Cual delantero que ocupa una plaza de extranjeros en el torneo local, se pide a gritos su nacionalización. “Mockus! Mockus! Mockus!” retumban los vidrios de La Baguette. (Mockus rima con moco, moco, moca, mocus…piensa Gustavo Rodríguez).
Pero, ¿se ha puesto a pensar Usted estimado amigo que se indigna por las portadas de Ellos y Ellas, en el caso hipotético de que Mockus fuera peruano? Sí, no estoy hueveando. Imagínese querido lector, sí Usted que se conmueve por un video motivacional-Freddy-Ternero, que se da el milagro y se descubre que la descendencia lituana de Mockus se origina en Oxapampa (con Libreta Electoral de tres cuerpos incluida), y bueno si ya nos gobernó un Chino (que en realidad era japonés), por qué no nos puede gobernar un ruso con pinta de cajamarquino. Hagamos el ejercicio… Read the rest of this entry »
Pequé cuando te vi por primera vez. Cuando te vi por segunda, tercera… Cuando te vi con tu novio. Cuando los invité a casa a cenar. Pequé cuando nos quedábamos a solas; cuando me quedaba a solas pensándote. Cuando me decías que no lo querías. Cuando me mirabas, cuando callábamos, cuando me dabas la espalda. Cuando jugabas con tu lengua, cuando tragaba saliva. Pequé el día que te fuiste, el día que volviste diciendo que no volverías. Pequé a tu lado en el cine, en el asiento trasero del auto a dos puertas, en el bus interprovincial pasando Pasamayo. Pequé a larga distancia internacional. Pequé sabiendo que nos veían, que nos escuchaban, que nos esperaban, que no iríamos. Pequé en la cama de tus viejos, en un jardín en la Resi, con arena en los orificios, con sed en los bolsillos. Lo confieso, he pecado.
Partimos de la convicción de que el Perú no tiene intelectuales y, lo que es peor, a la vez tiene muchos. Nuestro objetivo político es bajarles el pantalón en público. Creemos que leer a Lacan para entender la idiosincrasia nacional es una ofensa que debe ser penada con 48 horas continuas en combi, y que considerarse de izquierda y practicar yoga debe ser castigado con un road-trip a los “conos” de la mano de Genaro Ledesma y Alberto Moreno. Este blog no tiene pretensiones intelectuales. Por el contrario, es anti-intelectual.