La única vez que me sentí un argentino porteño fue en La Paz, octubre del 2004. Lugar: Estado Hernán Siles. Motivo: Eliminatorias para el mundial de fútbol del 2006. Encuentro: Bolivia – Perú, obviamente.  Los peruanos éramos  pocos en las graderías y presumo que la mayoría puneños. Autori todavía estaba en el banco de suplentes y se le criticaba que hiciera debutar en ese encuentro a Paolo Guerrero. Recuerdo a “Burbujita” Beingolea: ¿Cómo va a hacer debutar en la selección a un delantero que sólo juega en el campeonato alterno? (por ese entonces Paolo era del equipo de reservas del Bayern de Munich, 2004). Aquél día, y quizás desde entonces, fue el mejor de nuestro once. Aunque –para variar– perdimos 1 a 0.

La anécdota cuenta que el estadio se vino abajo con el gol boliviano, pero poco a poco la escasa barra peruana empezó a tararear una canción que dejó en silencio total a los locales en su propia cancha. Perdimos, como casi siempre, pero salimos gritando aquella letra sencilla y pegajosa de canción ochentera. Ningún boliviano se atrevía a responder: simplemente nos miraban, como lamentando la verdad histórica detrás de la letra. Sólo un borracho se atrevió a mentar a la madre a cada peruano que identificaba con la blanquirroja. Claro, sólo fue uno, y sólo envalentonado por el alcohol.

¿Ahora es el ekeko, no? En fin…lamento boliviano. A no hacerse paltas. Por eso mejor, pongan “play” a alégrese el día con esta canción dedicada al Alto Perú.

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