Ya han pasado algunos años. Ella venía de España a hacer una pasantía en el organismo de cooperación internacional en el que yo trabajaba por entonces. Primero fuimos compañeros de oficina, luego amigos, y más adelante ya no pudimos resistirnos. A los meses nos mudamos juntos y los recuerdos de aquel último verano en Lima siempre vendrán con imágenes de su sonrisa maleva y sus pecas omnipresentes.

Algunos fines de semana íbamos a visitar a mis padres en Zárate, y en una ocasión coincidimos con algunos familiares que habían llegado de la sierra y que, como diría Rosa María Palacios, eran de procedencia “humilde”. Al abrir la puerta me sorprendí al encontrar a tíos y primos que no frecuentaba en años y que me veían entrar a la casa con una española de la mano. Ante el nerviosismo de no saber cómo presentarla, solo atiné a decir: “Tíos qué sorpresa, bueno…este… les presento a un pishtaco”. Obviamente se rieron a carcajadas, mientras ella me decía al oído: “¿Qué es un pishtaco?” Yo le respondí: “Así llaman en la sierra a las mujeres bonitas”. Obviamente, no me creyó.

Luego de varias horas, nos despedimos. Antes de salir, una tía me llamó a un costado. “Carlitos, cuídese mucho, que le vaya bien, y sabe que, de verdad creo que esa chica puede ser un pishtaco, tenga mucho cuidado”. Yo le agradecí a mi tía por su preocupación, pero al subir al auto, con el pishtaco en el asiento de al lado, no pude evitar colapsar de risas hasta el llanto. Ella me miraba de reojo con rabia, y sólo atinaba a buscar algún CD que le hiciera escapar de aquella incomodidad.

Hace un mes la volví a ver en Bogotá. Seguía teniendo esa mirada que tienen los pishtacos antes de atacar a sus víctimas.

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