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¿Cuántas veces nos hizo cagar de la risa, causita?. ¿Cuántas veces te quedabas un rato más en La Pocilga de San Felipe para compartir la carcajada con Los Giles? ¿Cuántas veces, nos llamabas al celular para celebrar algún gag de Enrique El Antiguo o de El Taxista? ¿Cuántas veces dijiste “Para que la habré traído?”. ¿Cuántas veces quisiste ser Don Arturo? ¿Cuántas veces quisiste estar cerca de esa Nena, o de tal Cuñada? ¿Cuántos de nuestros gestos son en el fondo un homenaje a ese tipo que no dejamos de buscarlo en Youtube cuando estamos aburridos?

El argentino que nos hizo reír se encuentra con la ayacuchana que nos hizo llorar. A veces quisiéramos que el orgullo nacional valiera menos. Son estos momentos que quisiéramos que Marx hubiera tenido razón con eso de que el comunismo destruiría las nacionalidades. Pero no podemos, Francella. Porque aunque Solier se ha convertido en un símbolo de caviares (en “su Mercedes Sosa” impostada), porque aunque la película no nos guste, porque aunque no aguantamos la caricatura (¿o lo real maravilloso?) de la representación de los cholos urbanos; no podemos dejar de pensar en que qué bonito se escucharía el nombre de Perú en el auditórium Kodak de Los Ángeles. El mérito no es nuestro. Ni del gobierno peruano, ni de su política cultural, ni de Conacine, ni de Renzo Schuler, ni de Jimena Lindo. Pero me alegraría tanto como un gol de Juan Aurich en México mañana. Marx, ¿por qué te equivocaste? 

pd. Video de una de las secuencias más comentadas de El Secreto de sus Ojos, rival de La Teta Asustada por la estatuilla. Luego de ver la escena, ganar el Oscar es como creer que podíamos eliminar a Argentina del mundial. ¿Y quién no lo pensó?